Crónicas del olvido
Los sueños, de Christiane Dimitriades i
Por Alberto Hernández
…el sueño es la morada de los recuerdos perdidos,
el beso de la noche
Christiane Dimitriades
¿Dónde estamos despiertos?
Roberto Juarroz
1
Este libro llega a mis manos cuando el insomnio me visita de la manera menos amable. Me habla desde ese yo levitante que se traduce en palabras, vocablos que también flotan en la oscuridad de la noche. Entonces gobiernan las sombras llenas de ecos.
Escribo en primera persona para luego hacerme de las otras, convertirme en el poema que Christiane Dimitriades nos entrega en este libro, precisamente titulado Los sueños. Es decir, es un libro que acaba de salir de una vigilia y se ha transformado en “la sustancia de la noche”, en ese clima que nos vierte en cuerpo y alma sobre una superficie aérea, etérea.
La primera persona se pluraliza en el sueño, pese a que ese yo que nos abruma nos mantenga despiertos, atentos a los más mínimos sonidos de las sombras. Entonces aparecen los relatos, los recuerdos, los poemas, los viajes, las aventuras, los vivos y los muertos juntos a nuestro lado. Dormir, en consecuencia, es alistarse para ese viaje que será el más largo, el que a veces convertimos en una pesadilla, en un ardor místico, sagrado, pero también colmado de temores, de dudas.
Emerger del sueño es escapar de una muerte que nos mantiene vivos. El insomnio, esa primera persona que continúa su curso a pesar de la oscuridad interior, nos revela que los sueños son un invento de la muerte, esa consagración a la que estamos destinados.
Dormir es volver al pasado, resolver el futuro y borrar el presente. Somos soñadores por excelencia, a pesar de los sobresaltos del insomnio, las rasgaduras de la noche y el silencio que deseamos administrar con los ojos cerrados.
2
La voz de la poeta, digo (sigo en primera) dialoga con el que está despierto, con el que aspira a tomar como vía el esperado sueño. Define los sueños, los escudriña desde su propio diálogo con la soledad, personaje que nos habita y nos transforma en fantasmas. El que sueña es —precisamente— un fantasma, y el que no puede dormir es un duende doliente.

Los sueños, de Christiane Dimitriades (Diosa Blanca, 2025).
En su libro El alma romántica y el sueño, Albert Béguin cita a Lichtenberg: “Vivimos y sentimos lo mismo en el sueño que en la vigilia, y somos lo uno igual que lo otro; soñar y saberlo es uno de los privilegios del hombre. No se ha sacado de esto, hasta ahora, todo el provecho posible. El sueño es una vida que, agregada al resto de nuestra existencia, viene a ser lo que llamamos vida humana. En el estado de vigilia los sueños se pierden poco a poco, no sabríamos decir dónde comienza la vigilia del hombre”.
No obstante, para contradecir a este autor, el vigilante de su realidad, el que permanece en vigilia, no es el mismo que sueña. Son dos personas distintas. Una es la realidad y la otra su eco y los remedos de esa realidad que se descompone entre la niebla de la inconsciencia. Estar consciente es una puesta en escena de lo que podríamos soñar después. De manera que vigilia y sueño son dos instancias distantes, aunque se complementen. Un sueño puede ser un trozo de realidad que se convierte en una mentira. Mentira tan real que se vive real mientras dormimos. Al despertar, la memoria o la desmemoria compiten. El sueño se borra o se transforma. Por eso somos sueños truncados.
De allí que el citado Lichtenberg sienta lo mismo durante la vigilia y durante el sueño. Esa contradicción conduce a pensar que seguimos despiertos, que el insomnio es el sujeto que nos gobierna, mientras el yo, el durmiente y el de la vigilia, se descomponen. Vigilia en el sentido de “vela”. Velar es mantenerse con el ojo puesto en algún recodo, en algún nombre, en un personaje de novela, en un poema acreditado, en la mirada de un ausente. No en el sentido de desvelo. En este caso, no son sinónimos. No es lo mismo velar que dejar de dormir. El insomnio es un monstruo que invade los sueños.
3
“Los sueños / esas sombras”; para el psicoanálisis los sueños representan todo un paisaje que denota un comportamiento. El psicoanálisis es un género literario porque imagina lo que les ocurre a los personajes de una novela representada en un paciente. De manera que esta escuela es un desprendimiento del romanticismo, pero también le abre las puertas al surrealismo, porque “los sueños, sueños son”, como decía el poeta español. Y de ser así, como en efecto lo es, los sueños son revelaciones, trasuntos, argumentos, que en este libro de Dimitriades se sienten, se leen, se sueñan; de allí que, por tratarse de un juego de abalorios psicológicos, “también los sueños saben mentir”, saben decir de ellos mismos, con sus locaciones, comportamientos, ecos y susurros; por esa razón la poeta afirma que “la sustancia de la noche son los sueños”. La noche es otro poema, otra elucubración, porque fue creada para dormir, para establecer contacto con la subconsciencia, con el relato de ese adentro oscuro, sombrío muchas veces, violento o pacífico, ruidoso o silencioso. Los sueños son artificios que existen gracias a la memoria, y en este poemario, que es un poema, es la memoria quien los inventa. Entonces, “la poética de la noche” sumergida en “…el residuo de los sueños”.
Cada poema se vierte voz lejana, fundada en una tesis: “…bajé al fondo / del fondo del sueño / y no encontré la llave”, porque de los sueños nunca se emerge. La realidad es un sueño recreado, por eso en “…los sueños no existen los espejos”, porque no se trata de un reflejo sino de una realidad tomada de un eco, de una hondura que se puede borrar o quedar como parte de un relato en familia, en reunión. Contar los sueños es también una manera de hacer literatura oral o luego escrita.
En un poema de Juarroz, tomado de su libro Tercera poesía vertical, el autor argentino escribe: “Y si uno no es igual tampoco a su dormir, / ¿adónde se queda su costado despierto / o qué otra cosa se duerme con uno?”.
El cuerpo no duerme completo, se transforma mientras reposa. La constancia del sueño se puede ver en este de nuestra autora, quien roza lo dicho por Juarroz: “…recostar la cabeza del lado de los sueños”. Uno dice de su “costado despierto”, la otra “del lado de los sueños”. Cuerpo y conciencia abundan en la necesidad de “mentirse”: ser forma levitada, etérea, corporal.
Los sueños se hacen acompañar de las voces epigramáticas de Eugenio Andrade, Pascal Quignard, Kant, Armando Romero, Caillois, Valéry, Ajmátova, Rilke, Djuna Barnes, Cioran, Borges, Anne Carson, Óscar Hahn, Montale, L. Glück, Mallarmé, Yourcenar, Elisa Lerner, Harry Almela, Montejo, Tsvietáieva, Seferis, Rubén Ackerman, Lispector, Guillermo Sucre, Ungaretti, Pessoa, Pasolini y Nietzsche, quienes corean la poética de estos sueños creados por Christiane Dimitriades. Esta polifonía del pensamiento fortalece cada texto de la autora y hace que el lector se convierta en cómplice de cada una de sus creaciones. Los autores mencionados, personajes habitados por la memoria, son parte de los sueños. O de las pesadillas, como afirman Borges o el terrible Cioran.
Mucho se ha escrito sobre los sueños, mucho se ha poetizado, novelado, llevados al cine, al teatro: la vida misma parece un sueño, de allí que el mismo Bégin, en uno de sus capítulos, titule “La disociación del yo y la sensación de la realidad”.
Seguimos soñando, despiertos o invadidos por nuestros propios o ajenos ecos interiores.
i Christiane Dimitriades (El Cairo, Egipto, 1953). Poeta venezolana de origen griego. Ha publicado ensayos de filosofía y arte y los poemarios Del eterno retorno (La Draga y el Dragón, Caracas, 1987) El libro Voz de fondo (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2019) reúne los poemarios escritos entre 2003 y 2019, Todos los bordes, Hablo una lengua y Voz de fondo, El cuarto jugador (Dcir ediciones,Caracas, 2020), Los sueños (Diosa Blanca, Caracas, 2025). En 1997 publica una novela: Sabath (Grijalbo, Caracas).