Cartas de la palabra Río.

Por Claudio Asaad

La visita

“y cuando me he dejado seducir 

por lo más simple, 

mi amor a la profundidad 

me ha entorpecido”. 

Fabio Morábito

Entre tantas opciones, elegí la duda. Me refugié en un bar pequeño. Una esquina sin promesas. La quietud estaba instalada en el aire. La música imperceptible. Tengo frío y varios nudos en el estómago. Mi pierna izquierda quiere salir corriendo, abandonar el cuerpo, soltarse de una angustia infundada. No puedo controlar nada. Tampoco sirve intentar respirar profundo porque no hay paciencia para ir hasta lo hondo de los pulmones y regresar. Es peor. Quiero poder y eso no alcanza. Nunca alcanza: Duras sentada en un rincón de la despensa de su casa, asistiendo a la muerte de una mosca. La escritura que no llega a la mano de Capote, el brazo inmóvil de María Moreno, las lágrimas de Agnes Varda ante la puerta silenciosa de la casa de Godard. Unos versos de Borges: “En esa música/Yo soy. / Yo quiero ser. / Yo me desangro.”

El deseo remarca la dificultad, aleja la potencia de lo posible, por lo menos esta siesta de silencios que huelen a invierno y perfume de café, un poco de mirra. Papel y mis manos trazando con esfuerzo palabras que no quiero escribir: lo hago. Lo inevitable es a veces impulso, o pulso que se rompe antes de repetirse como las olas contra la roca, cada vez igual, pero distinto.

Es una carta. Levanto la vista y me veo en un espejo que parece empujar la escena hacia el fondo. Escribo una frase y me miro, pero no puedo verme escribir. Mirarse en un espejo es una acción en sí misma que requiere sostener la mirada sobre el otro, el yo disuelto por efecto de la luz reflejada. ¿Cuántas conversaciones ausentes entran en quince años? ¿Puede sostenerse la osamenta de la memoria con una falta tan ancha de tiempo entre dos fechas? ¿Es el amor de amigos una reserva que decanta intensidad, se resguarda de la oxidación del tiempo? Lo que llega desde la galaxia de los recuerdos es antiguo, carece de sonidos y su continuidad es dudosa. Se borronean las imágenes cuando pasan más de diez segundos. He perdido parte de nuestra película juntos. La pérdida importa, es impulso para imaginarnos de cuerpos presentes. Te necesito para que seamos, a pesar y a partir de la historia que nos llevó y me trajo hoy a este desvío. Estoy en tu barrio, tan cerca de tu calle. El día se alumbra un poco más. El tiempo se fue por el lado del miedo, tardío el arrepentimiento, vacía la autocompasión. Espero en tensión el rasguño en el alma o como se llame el gesto de la culpa presionado el tubo que conduce de las tripas al corazón: disnea y sopor, el sudor de las manos. Apenas puedo moverme, logro no desertar de huir.

Fracaso del plan. Desde el fondo del espejo te veo llegar, detrás de una barba antigua y ceniza que para mí es nueva. Quiero adivinar un rasgo que no destiñe el pasado. Una mueca antes de cruzar el espejo te revela vivo. Por fin la risa, ahora un poco temblorosa. Antes del abrazo: “menos mal que vine a buscar unos criollitos acá de casualidad y te encontré, sino te me escapabas, desgraciado”.

En esta música yo soy, yo quiero ser, y me desangro.

Elías

 





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