Raquel Casas Agustí, Lidia Gázquez Olivares y Mireia Vidal-Conte

LOS DONES DE LAS DONAS: TRES POETAS CATALANAS

Por Jorge Rodríguez Hidalgo

El machismo es una de las lacras de la humanidad. Habitamos un planeta en que la mayoría la forman las mujeres, pero el poder está en manos de los hombres. Quienes tradicionalmente transmiten en el ámbito de lo privado los valores culturales -la moral-, de carácter masculino, son las madres, lo cual es y no es una paradoja. Lo es porque significa que desatienden su propia naturaleza; no lo es porque ellas mismas han sido formadas de acuerdo con los parámetros sociales imperantes. Las mujeres, pues, se hayan en una encrucijada (la pescadilla que se muerde la cola) de muy difícil resolución; la disyuntiva es: o la revolución colectiva o la rebeldía individual.

Las leyes que ordenan las sociedades, así como las instituciones culturales y educativas, fijan el pensamiento de sus creadores, sobre todo hombres o, en su defecto, mujeres afectas -de forma consciente o no, voluntariamente o no- a las ideas de estos. La disidencia femenina, cuando se produce, queda sancionada de inmediato con el apartamiento o incluso la reconvención torticera. Nada hay en el ámbito de lo público que se enderece a la equiparación de géneros. Al contrario, vivimos una involución en lo que se refiere a la consolidación de derechos en materia de género, orientación sexual, identidad, nacionalidad… El retroceso es detectable en no importa qué sectores de la sociedad ni qué capacidades culturales. Si examináramos con detenimiento decisiones políticas, empresariales, literaturas, opiniones periodísticas, conversaciones callejeras, exabruptos cabe las barras de los bares…; o si pudiéramos ver y escuchar de matute lo que sucede en la intimidad de domicilios y trastiendas de todo negociado, donde las máscaras caídas permitieran ver la falsía de los rostros que ocultan de ordinario; si dejáramos de confiar en lo que la engañadora apariencia nos avanza con pasos ligeros y apremiantes, quizá nos persuadiríamos de que los hombres sufren una enfermedad terminal que radica en su cerebro y defienden sus fanfarrones músculos: el miedo a la inteligencia. El animal acultural hoza sin descanso…

La discriminación de la mujer por el hombre es más notable en las actividades en que la Razón (así, con mayúscula) no es hegemónica y donde la imaginación impide la alienación. Es el caso de las artes, que canalizan las emociones y permiten la liberación del mundo interior, de las “peligrosas” ideas, de la íntima libertad que no es posible aherrojar con las prisiones de la cotidianidad. Por eso, el arte creado por mujeres es objeto de especial inquisición y anatema. A lo largo de la historia, la escasez de mujeres artistas conocidas -y, entre ellas, quienes hubieron de firmar sus obras con un seudónimo masculino, o simplemente crearon lo que los hombres les hurtaron y signaron como propio- nos da una idea del sometimiento que el “macho” ha practicado sobre “su hembra”. En no pocos casos las mujeres, tuteladas patriarcalmente, han debido recurrir al cambio de tutor -el cónyuge- para, de forma paradojal, intentar encontrar algunos espacios privados de libertad creadora, aunque casi siempre con el resultado del ocultamiento de las creaciones. Esto último se ha producido casi exclusivamente en las clases sociales pudientes, pues en las trabajadoras -y no digamos en el lumpen- las mujeres han soportado la insufrible presión del sostenimiento del hogar. En línea descendente, pues, el drama siempre ha empezado por ser mujer, pobre y de nacionalidad minorizada, sobre todo cuando había de emplear la palabra como herramienta de liberación.

Sea entonces el pensamiento en la mujer -su formulación y desarrollo- el demonio a combatir. Y si aquel se expresa de modo liberal -libérrimo-, sea el conjuro del exorcista doméstico la razón (ahora con minúscula) de los misóginos para señalar de forma “natural” la incorrección, la heterodoxia. El pensamiento es el monstruo: la simple opinión acerca de cualquier cosa; la filosofía; la literatura… Reparemos en esta última. Cuando el controlador -quien establece los cánones- no puede imponer sus criterios, oculta o clasifica: la escritura debida a las mujeres, o se ignora o se califica de “señoritas”, esto es, se frivoliza o se considera obra de “desocupadas”. La historia de la literatura ha sido y sigue siendo así en cualquiera región del mundo.

Sin embargo, la resiliencia de las escritoras, al menos en las áreas donde las condiciones políticas lo han ido permitiendo, ha experimentado un crescendo que ya parece imparable. Si nos centramos en Europa y en el siglo XX, por ejemplo, encontramos una autora, la británica Virginia Woolf (1882-1941), que ejemplifica lo dicho. Pese a tomar el apellido del marido, Léonard Woolf (1912-1941), antes de suicidarse dejó una obra en que, si bien reclamaba para toda mujer el derecho a disponer de una autonomía económica y un espacio propio (“Una habitación propia”) donde crear y permanecer alejada de la influencia del varón, rompió con el canon masculino y se erigió en guía para las mujeres que quisieran escribir y hasta para los hombres “díscolos” que persiguieran nuevas vías narrativas. Faro, entonces, para las escritoras que llegaron posteriormente, Woolf dejó su impronta en muchas de ellas, como evidencia el libro “Era Woolf. Nuestras Daloway” (“Era Woolf. Les nostres Daloway”), escrito por la poeta catalana Mireia Vidal-Conte (Barcelona, 1970), quien da cuenta de algunas de las narradoras y poetas de Cataluña que se han beneficiado de la maestría de la brítánica.

La literatura escrita por mujeres en el dominio lingüístico del catalán (Cataluña, Valencia e Islas Baleares, principalmente) cuenta con autoras y obras destacables, pero no siempre destacadas por la crítica literaria (predominantemente masculina). Podría considerarse a Mercè Rodoreda (1908-1983) la primera escritora “refractaria” del pasado siglo, y junto a ella, Anna Murià (1904-2002). Más tarde, llegarían Maria Aurèlia Capmany (1918-1991) o Marta Pessarrodona (1941). El legado de estas fue remozado por la poeta Maria-Mercè Marçal (1952-1998), quien a la sazón se convirtió en faro y guía para las nuevas generaciones de poetas y escritoras catalanas, como la citada Mireia Vidal-Conte, Raquel Casas Agustí (Barcelona, 1974) y Lídia Gàzquez Olivares (Barcelona, 1978). “El Corredor Mediterráneo” tuvo oportunidad de entrevistar a estas dos últimas poetas, de cuyas recientes publicaciones daremos fe en el presente trabajo.

Dicho de forma genérica, pero no simplista, las tres poetas responden a los versos escritos por Marçal: “Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,/ de clase baja y nación oprimida./ Y el turbio azul de ser por tres veces rebelde” (“A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,/ de classe baixa i nació oprimida./ I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel”). El beneficio de tales dones, sin embargo, tiene un coste no menor en quienes así piensan, pues ser mujer, trabajadora y expresarse en el idioma de una nación minorizada es un triple problema que comporta discriminaciones permanentes por parte las grandes empresas del mundo editorial y de la crítica especializada, en manos, como es sabido, de los hombres. No es infrecuente, sino todo lo contrario, que los “periodistas” que entrevistan a mujeres les pregunten, por ejemplo, qué siente una mujer cuando escribe, en qué consiste la poesía femenina… A tenor de la desconsideración, la reacción. No son preguntas que se formulen a los hombres, de quienes se inquiere el contenido de sus obras sin conjeturar acerca de su género, pues este es “el género” pertinente de quien escribe. El agravio comparativo determina “naturalmente” que las mujeres subrayen y reivindiquen el suyo con tal énfasis que a veces se convierte en la razón de ser de toda una obra; más aún, de toda una vida. Es el doble esfuerzo que deben acometer y que en tantas ocasiones ha impedido el desarrollo de su arte. Y a tal reacción, más anatemas, nueva clasificación, esto es, discriminación furibunda: la mujer no sumisa es, no ya feminista, sino “feminazi”(término que popularizara en 1992 el misógino comentarista político estadounidense Rush Limbaugh). Las así llamadas son justamente las que, con su ejemplo de rebeldía, llaman a la toma de conciencia de las mujeres y a cuantos hombres entiendan de la justedad de la causa.

Mireia, Raquel y Lídia son creadoras que asumen el desiderátum como una condición sine qua non para la libertad y, en consecuencia, para el arte. ¿Son feministas? Lo son porque persiguen no el igualitarismo simplista, sino la equidad, la prevalencia de la capacitación; no buscan la discriminación positiva, sino la justa valoración social no sujeta al parámetro del sexo; rechazan el paternalismo, la añagaza de la “dádiva” del hombre “protector”. Son mujeres y mentes libres que entienden las diferencias como riqueza colectiva, como patrimonio común. Y de aquí sus magníficas obras, por inteligentes, trabajadas y bellas, duras, radicales (la raíz, las raíces). Obras, ademas, pensadas, escritas y defendidas públicamente en su idioma: el catalán. A este propósito, la también poeta catalana Anna Gual (Barcelona, 1986) ha declarado recientemente en México (entrevistada por la periodista Elena S. Gaytán para el diario “El Norte”) que “escribir en catalán es una postura política”. Gual es consciente de la dificultad de difusión de una obra escrita en una lengua minoritaria (y minorizada, no lo olvidemos) como el catalán, el número de cuyos hablantes asciende a diez millones de personas. Efectivamente, nuestras poetas escriben en su idioma materno, y, sin rechazar el castellano, apuestan por el que el que les es propio, como hace cualquier hablante de los idiomas mayoritarios del mundo.

El último título publicado por Mireia Vidal-Conte es el mencionado “Era Woolf. Nuestras Dalloway”. Es un libro que firma junto al apócrifo ‘Clara Frisachs’ (alter ego de la autora). Por su estructura y características, se trata de una obra innovadora, incluso transgresora, pues el volumen (más de seiscientas páginas) es una suerte de miscelánea literaria en que cohabitan la poesía, la novela, el ensayo, la entrevista, el diario, los correos electrónicos… El fin es detectar la influencia que Virginia Woolf ejerció y ejerce en un buen número de escritoras de Cataluña, pero, paralelamente, también es un recorrido introspectivo: Vidal-Conte crea mientras recrea (“ya está aquí la inmediatez/ que tan lejana se mostraba/ ningún ardid más enigmático/ que la fusión del tiempo/ fortaleza y blandura/ ya no quieren decir nada después/ de los diarios/ que te describen”). El vuelo literario de Vidal-Conte surca dos aires simultáneos -no paralelos-: de Woolf habla, pero también de sí misma (“belleza/ reflejada la voz/ espejo del momento/ he de escribir más/ allá del peso donde todo/ más allá grita/ ¿Es semilla?/ ¿Es preludio?”), de la pulsión propia (“no te acerques a las cabañas del desierto/ el miedo no perderá nunca/ aquel caminar/ que te hace transparente/ abandona el tiempo/ no invoques tálamos inciertos/ aún pensamos noches/ para emprender/ nuevas vendimias”). La convergencia entre ambos espacios se opera en la escritura. Por ello, “Era Woolf…” se cierra con una cita de otra gran autora catalana, Montserrat Roig (Barcelona, 1946-1991): “Escribir, pues, para escapar de la muerte, pero también para liberar las palabras de la prisión. De todas las prisiones. No escribimos sobre las cosas, sino sobre sus nombres, y así, nosotras, no morimos”.

Raquel Casas Agustí, además de poesía, escribe narrativa: relatos y novela corta. Pero es la poesía el lenguaje que atraviesa cuantos géneros aborda, por lo que el más reciente de sus títulos vuelve a ser un poemario: “El fuego de los herejes” (“El foc dels heretges”). Es quizá la expresión más depurada de su poética, una demostración palmaria de que la “POESÍA” desconoce el sexo de quien la escribe. No hay poesía de mujeres o de hombres; en caso contrario, estaríamos ante una desechable muestra de “poesía”, un ejercicio pasajero de convenciones y reconvenciones que no supera la instrumentalidad mercenaria. No, la escritura de Casas va más allá del propio decir (“Nada queda de cuanto perdimos,/ ni los plumajes de pájaros caídos/ que el tiempo y la nieve en silencio esparcen,/ ni la mentira que los niños necesitan creer/ ni la oscura perla perdida tras el telón de ser/ como los hombres, como las mujeres,/ como uno de los muchos / que llevan al barro manchado de escarcha, restos de ruido y leña falsa,/ a los vidrios espantados de las fábricas,/ a los esquejes de abedules reincidentes/ a los baúles y azulejos alternándose en el pacto./ Nada nuevo en las maletas sin fondo”). Sugiere… con firmeza, para que todo se entienda, pero sin necesidad de quedarse en lo accesorio. “El fuego de los herejes” se permite, por ejemplo, alzar otro telón, aquel tras el cual urden su drama los hipócritas (los portadores de máscaras) y desvelar (la denuncia es sobrera ante la evidencia) que el pensamiento tiene rostros distintos y naturalezas diferentes (“Si yo,/ antes de tu banquete/ fuera tu Diótima// ¿dudarías también de todo?// ¿O creerías, por un momento,/ anclado en mí como una isla,/ que existe la verdad?”). No hay templos del saber masculino, sino del saber…, incluso el robado a alguna mujer ausente.

Tras publicar “El viento hará sábado” (“El vent farà dissabte”), un retrato de ‘Lilith’, mujer fuerte y desprejuiciada que pudimos dar a conocer en estas mismas páginas, Lídia Gàzquez Olivares ha dado a la luz editorial “Nuuk”. La protagonista, ‘Uki’, es una mujer inuit cuyo relato vital constituye un ejemplo de resiliencia (“Añorar el tormento, / amar la jaula/ pese a la puerta abierta.// Enfermar,/ aferrarse a la llaga/ a pesar de los ungüentos.// ¿Quién dice que no es amor/ este hurgar heridas?”). Uki es el contrapunto de Lilith, o mejor, todo lo que ésta no es (“A la ingenuidad del Bien/ le falta la ejecución del Mal.// Pero, con el tiempo, / el Bien gana en experiencia/ y el Mal adquiere los malos vicios”). Una y otra son arquetipos de mujer en mundos hostiles, es decir, dominados por la tiranía de los hombres. Aunque aparentemente distintas, Lilith y Nuuk completan el retrato de LA mujer (“¿Puede el viento quitar el dolor, / llevárselo lejos? / ¿Puede el viento, hiriendo de frío,/ matar el dolor que nos mataba?// A veces, quitar lo que nos mata/ mata”). Sin embargo, la hostilidad en el mundo de Uki, la ciudad groenlandesa de Nuuk (“la capital más septentrional del mundo”), se produce de una manera peculiar: mediante la poesía. Porque “los inuits son un pueblo de poetas, el único pueblo del mundo capaz de solucionar sus conflictos a través de la palabra, de los versos, en unos duelos donde el vencedor es siempre el más ingenioso y elocuente”. Gàzquez, como Vidal-Conte y Casas, cree en el poder de la portadora de saber y emoción: la palabra, la palabra poética: “He escrito un pequeño poema. Si aquellos invasores estuvieran aquí, les habría escrito muchos poemas y habríamos reído, quizá, para intentar arreglar las cosas con versos. Sin embargo, nunca entendieron esta costumbre mía de procurar mediar entre mi corazón y el suyo. Solo entienden el lenguaje de la sangre y de la guerra”.

Volvemos al principio: el machismo es una de las lacras de la humanidad. Habitamos un planeta en que la mayoría la forman las mujeres, pero el poder está en manos de los hombres. Las mujeres, cada vez más, toman la palabra porque ésta está en desuso, y la inteligencia ha desaparecido del cerebro de demasiados hombres, que hozan sin descanso, y gruñen, gruñen antes que cantar; no escanden más que pies… ungulados: no hay más que seguir sus huellas.

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