
Montblanc en sombra y piedra[i], de Rosa Lentini
Por Teresa Garbí
En los momentos en que he pasado por la villa de Montblanc la recuerdo poco acogedora y muy bella. He visto, al leer este libro, Montblanc en sombra y piedra, bien definido, lo que sentía al pasar por aquellas montañas. Como dice Ramón Andrés en su introducción al poemario de Dylan Thomas, Bajo el bosque lácteo, en la edición de DVD Ediciones: “la visión del transcurrir humano en un pueblecito nos lleva a la literatura, es decir, a lo imprevisible” (15).
Rosa Lentini cita a Llaregubb y a Dylan Thomas. Porque, como este autor, intenta captar el mundo de un lugar, aunque prefiera hacerlo de otra manera, mediante capítulos.
Apropiación de la tierra y desprendimiento, eso es Montblanc, según dice Rosa en su nota introductoria. También es una descripción del lugar en donde han transcurrido treinta años de vida. Pero no sólo eso, que ya es mucho, sino de su historia, sus gentes, sus muros y su aire en el que todo anida y se pierde. Se describe la villa en superficie -movimiento de los árboles, vientos, ríos-, y en profundidad -vida de los antepasados, densidad del tiempo en las piedras, en cuevas prehistóricas; los colores y las palabras: escalas musicales.
Una labor hermosa que habla de fracaso y de muerte. Rosa Lentini hace lo que dijo Antonio Machado que había que hacer para dignificar la existencia humana: luchar contra el tiempo, aun a sabiendas de que hemos de fracasar. Amor y pérdida, lo dice muy bien Rosa.
El libro, capítulo a capítulo, nos muestra la villa, también el cielo estrellado, las nubes, la lluvia y la textura de la piedra, las sombras de los que vivieron y de los que viven aún: un magma palpitante.
Sonido y olor, que persisten tras las ausencias y engendran historias que impregnan la piel de los vivos. La mirada de Rosa Lentini engendra, acota, perfila, crea. La palabra también engendra. Para que todo viva hay que mirarlo, sacarlo a la luz y darle un nombre, aun con las limitaciones de nuestra mirada. Lograremos, en cualquier caso, una sombra de lo real, sea lo que sea, pero la pondremos en el aire, le daremos nombre con las palabras.
Es inevitable pensar en La mirada de Ulises, film de Theodoros Angelopoulos. Montblanc tiene mucho del punto de vista fílmico, y es natural, dado que se pensó en filmar una película: picados y contrapicados, flashback, flashforward, travelling, muestran montañas, campos, caminos, calles, sótanos, cuevas.
Montblanc es un poema que capta un paisaje, sus gentes, su historia e intrahistoria, sin olvidar referencias al ostracismo que cierra puertas y posibilidades al que viene de fuera, al extraño. Tampoco olvida las montañas “pespunteadas por aspas eólicas”, ni a los migrantes de ahora: “padecemos del olvido con el que se premia al vencido, al extranjero, al que no está en consonancia con el grupo, y por ello no descansaremos aquí, no nos dará esta tierra el nombre definitivo (…) hay que partir de nuevo, en busca de la puerta de otro cielo más generoso donde girar la llave y pasar”.
Lentamente, paso a paso, conocemos Montblanc: su olor, sonido, viento, sueños, hasta llegar a la lluvia. El tiempo atraviesa la villa. Hay huecos en él que “nos dejan suspendidos en medio de su luz” (25).
El viento azota y desgasta. El texto en movimiento: Montblanc en movimiento, por el aire que transforma la luz de interior, por el desgaste y la inclinación que provoca el viento. Viento creador de sombras (Serè, Marinada, Vent de Dalt, Garbí, Mestral).
Las murallas protegen Montblanc del viento, como también lo protegen del enemigo y la cierran al extranjero. Sin embargo, aves migrantes, golondrinas, como los seres humanos, van y vienen entre las fachadas; quedan sus nidos.
En el capítulo 5, “Los sueños”, los durmientes viajan hasta la memoria de los ancestros. Suben en sueños hasta Montblanc.
Hay un movimiento que arrastra la memoria “cuando las nubes pasan, acariciando con su sombra las murallas (…) Y el tiempo del ensueño los traslada al tiempo anterior a la creación (…) Con la palabra velamos tanto un tiempo como el exilio de los humanos” en su sueño (29).
Todos sueñan. Conocemos a los habitantes en sus sueños: maestra, clérigo, herrero, panadero… Todos envueltos en una pátina de niebla, resguardados en el sueño, amables.
En el sueño no hay tiempo. Hay tiempos que se superponen e interrelacionan: “un espacio por el que se siente caer como un cuerpo vivo y a la vez como espectador de su caída infinita” (31). Sueños, juegos de niños. Porque “cada uno juega con su historia (…) como lo hacen los niños con sus barcos de juguete” (32). “En los planos imposibles de los sueños no hay perspectiva del final como en las escaleras de los cuadros de Escher”, dice (65).
De lo concreto, de las personas que pueblan Montblanc, se pasa a un plano general: sobre la villa sobrevuelan y flotan los sueños, impulsados por el viento, algo que me recuerda la Comala de Pedro Páramo: el viento que arrastra sueños y que nos hace ir de un lado a otro, trenzando tiempos, vivos y muertos. Una forma de narrar cinematográfica, ya lo hemos dicho.
Podemos invadir otros tiempos, nadar en ellos. Por ejemplo, en el capítulo de la Nialó. Ella y sus doncellas “con pupilas de animales, cautivadas por el verde de los montes” (34) ven pasar las estaciones: rosas, higueras, nieves.
Esta interrelación entre los tiempos se plasma en la piedra: “la piedra nos legitima en la vastedad de un tiempo que los humanos no conocimos, un tiempo que ella ha traspasado” (37). Hay que escuchar la música silenciosa que componen las historias que permanecen en la piedra. “Mirar hacia atrás es mirar hacia dentro” (37), dice Rosa Lentini. La piedra habla. En ella permanece nuestro mundo. Sólo hay que mirarla y escuchar su música, porque “la muerte se ha llevado nuestro mundo y aunque la piedra no nos devuelva su presencia, absorbe como una esponja estas nuevas semblanzas de hombres aislados en el laberinto del tiempo” (38).
Palabras en la piedra, en los árboles, en su música. Al referirse a los primeros seres humanos, hace notar que los animales pasaban “del aire a la piedra”, a través del color. Son acogidos en la música de la roca (43). Todo vive: árboles, río, campos, animales, vencejos, urracas, halcones, gazapos, ratones, jabalíes, lechuzas, cigarras, lagartos, insectos.
También aquí, al escribir sobre la flora y la fauna, alude a la cruda realidad, lo mismo que lo había hecho contra el trato a migrantes o con el destrozo del paisaje. Se refiere a la extinción a la que se enfrentan tantas especies y ahora, más que nunca, por la industrialización del suelo agrícola y rústico, mediante lo que llaman “energía verde”.
Qué vuelo hermoso atraviesa el texto, qué cantos. Bulle la tierra, el paisaje, regado por las aguas, los ríos que también traen y llevan palabras. Y se escucha el lamento por la insensibilidad hacia las migraciones de hombres y aves. Con este paralelismo nos recuerda nuestra pertenencia al mundo animal, en el que lo prioritario es migrar para sobrevivir.
La extinción de los animales “desertiza nuestra vida”, pero “llevamos la Arcadia de nuestros antepasados con nosotros… Sus rostros superpuestos en cada ser que amamos” (42).
Los primeros seres humanos se sentirían hechizados por los juegos de luz y de sombra, en las cuevas, que facilitaron, sin duda, el paso de uno a otro mundo. Seguimos aquí por el impulso de supervivencia que nos une a todos los animales: comer y aparearse son necesidades que hay que cumplir para permanecer (45).
La tierra guarda nuestra memoria en una pisada fosilizada, en los campos. “La memoria es una corriente de hojas caídas que el agua transforma y desintegra, como si al caminar, nuestra vida desatara un proceso a la vez disperso e integrador, como un cerebro se regenera tras un colapso” (47).
“Todos somos iguales, pero tan distintos”, dijo Juan Gil-Albert. Rosa Lentini, con gran sensibilidad observadora, muestra el todo en el que estamos. Se trata de un mundo vivo, en movimiento, en sucesión. También en permanencia porque todo sucede, se superpone y continúa. Así lo vemos en el capítulo dedicado a los oficios, una historia rápida y breve que acentúa esa impresión.
De los muertos se pasa a los vivos y viceversa. La música se hace rotunda y puede trastornar la dirección de los rayos solares (51). Arriba y abajo: el griterío de los niños y el piar de los pájaros, palomas en bandadas. “Sus sombras nos transportan” (59).
En la memoria de los habitantes, uno de los capítulos de Montblanc, se muestran escenas de personas desaparecidas. Muertos que “forman una doselera en nuestra memoria, y como los cardos una tupida corona de espinas…” (61). “Los muertos que nos hablan. / Los muertos que se sobreviven”.
¿Qué hace que todo permanezca? La palabra. Nuestra breve existencia puede prolongarse a través de la palabra engendradora. “Todo lo que espera vivir lo hace con solo darle un nombre” (72).
El libro es una demostración de ese todo, en el que la persona que mira ocupa el margen, excelente posición para ver y nombrar. Lo dice Rosa Lentini muy bien: “No pretendíamos sino un reflejo primigenio, retener, ante todo, una palabra entera que como una luz reconquistara lo roto por partes (…) para que nadie pudiera desaparecer del todo, ni siquiera el diálogo con los muertos, y entonces, al otro lado del espejo, el reflejo sentiría nostalgia de su ser primero y nos mostraría nuestros propios ojos nombrando la tierra” (67). Al fin y al cabo, escribimos como “una forma de fijar lo que no podemos detener” (67).
La lluvia, de nuevo, regenera. Su cadencia revela la madriguera del tiempo. Esa lluvia que, como decíamos al principio, advierte “que hay que partir de nuevo, en busca de la puerta de otro cielo más generoso donde girar la llave y pasar” (73).
Termina el libro con otro plano general, con la mirada del principio: “Mira otra vez ese río, mira esas calles, esa luz” (73).
[i] Montblanc en sombra y piedra, de Rosa Lentini, Olé libros, Colección Libros de la hospitalidad, Valencia, 2024