El perdón no es divino
Por Antonio Tello
En los días celebratorios de la Navidad, el mundo -especialmente el occidental y cristiano- se instala un clima de bondad que disimula la persistencia del dolor y la injusticia que gobiernan a la humanidad. Aunque limitada en el tiempo, la amnesia da paso a las risas y a una felicidad tan superficial como fugaz, que permite que los crímenes más atroces desaparezcan como si nunca hubiesen sido perpetrados consintiendo el discurso negacionista y las enunciaciones de una IA ideológicamente manipulada.
En este sentido, este clima de bonhomía encuentra acomodo en la jerigonza que nada dice, en que se ha convertido el lenguaje de la sociedad posmoderna. Se trata de una fórmula de dominio que se verifica, entre otras vías, a través de una lengua eufemística que tiende a vulgarizar el proceder humano y a degradar el sentido de los valores éticos que han de regir la vida de los ciudadanos.
En estos días, el perdón suena como un sonsonete necesario para “tener la fiesta en paz”. Hoy, pedir perdón no expresa una disposición moral, sino una acomodación oportunista al momento agendado en el orden social establecido. Se pide y se exige perdón sin conciencia de responsabilidad por los daños cometidos. La Iglesia pide perdón por si sus sacerdotes han abusado de menores, la señora de un juez pide perdón por si ha ofendido a alguien “sin querer” o el juez lo pide por condenar sin pruebas a un inocente, que, no obstante, sigue privado de su libertad o políticamente inhabilitado. El calado moral del perdón se ha rebajado a la categoría de una mera disculpa que se expresa por algo intrascendente.
Con el pretexto de que “errar es humano y perdonar es divino”, los mayores crímenes quedan equiparados a simples faltas, por lo que un “lo siento” es suficiente para limpiar o reparar, supuestamente, el mal cometido. A los católicos, por ejemplo, les basta confesar sus pecados al sacerdote y éste, cualquiera sea su gravedad, los perdona en nombre de Dios aun sabiendo que, sin remordimientos, los pecadores los volverán a cometer al día siguiente. Esta clase de perdón es en realidad una forma de auto exculpación, un ritual que no espera a que el ofendido, el dañado, el perjudicado lo conceda o deniegue. Así, el lenguaje del perdón se ha convertido en una retórica huera que no expresa la toma de conciencia de la culpa y el sincero arrepentimiento que haga posible -y no necesariamente efectiva- la exculpación que el agresor, el asesino, el torturador, el ofensor, etc. solicita.
Por otra parte, cabe consignar que, si bien las brutales transgresiones contra la vida, la dignidad y la condición humanas hacen a las víctimas acreedoras de la comprensión y la solidaridad sociales, tales transgresiones no les conceden autoridad política para administrar la justicia, sino sólo legitimidad moral. Los casos de la Alemania nazi, la Sudáfrica del apartheid, de la España franquista y de la Argentina de la Dictadura ejemplifican distintas vías de enjuiciamiento y condena político-administrativos para crímenes de lesa humanidad, pero en todos los casos es la disposición de las víctimas a conceder el perdón, no la solicitud de los victimarios, la que puede sellar la conciliación social.
En dos ocasiones, las Fuerzas Armadas argentinas pidieron perdón por los crímenes cometidos durante la Dictadura (1976-1983). Martín Balza, exjefe del Ejército argentino, lo hizo en un libro donde reconoció que “el 25 de abril de 1995, institucionalmente –y al margen de cualquier conocimiento, orientación o condicionamiento del poder político – aceptamos públicamente la comisión, por parte de hombres del Ejército, de actos atroces y crímenes de lesa humanidad, cometidos en la empresa de envilecimiento más grande de nuestro país en dos siglos de historia (…)”. Posteriormente, en septiembre de 2000, fue el general Ricardo Brinzoni quien pidió perdón a la ciudadanía argentina por los delitos de lesa humanidad cometidos en el país entre 1976 y 1983. En su alocución en el acto de celebración del Día de la Infantería del Ejército, Brinzoni dijo “Nos acordamos de aquellos hechos dramáticos y crueles del pasado con espíritu de reconciliación y, una vez más, pedimos perdón por nuestras responsabilidades”.

Este doble pedido de perdón institucional no alcanzó para cerrar las heridas causadas, durante la Dictadura, en el alma de gran parte de la población al no estar fundados en un verdadero arrepentimiento de quienes perpetraron y apoyaron los crímenes, ni tampoco en la disposición espiritual de las víctimas a perdonar. La ausencia del arrepentimiento requerido se manifiesta en el hecho de que hoy, los herederos ideológicos de la Dictadura no sólo hacen ostentación de sus repudiables políticas, sino que se atreven a negar las atrocidades cometidas reclamando para sí el derecho de contar la “verdadera historia”. Tampoco el espíritu de reconciliación parece estar sustentado por la sinceridad a tenor de la violencia verbal y el negacionismo que se extienden actualmente en la sociedad argentina instigados desde las más altas instancias del poder. Algo semejante a lo que ocurre en España, donde los herederos políticos del franquismo hoy reivindican sin pudor la figura del Dictador.
El perdón es un acto moral que trae consecuencias morales y fácticas para aquellos a quienes implica y que no siempre se resuelven en la conciliación que se pretende. Esta dificultad de conciliación se potencia cuando pasa del ámbito individual y doméstico al social y político, y cuando la violencia y la crueldad ejercidas sobre los sectores más vulnerables de la población, sobre todo cuando supera los límites de lo humanamente tolerable, reabre una herida profunda en el alma de la comunidad ofendida.
Para las almas de las víctimas que rechazan enajenarse en el dolor y mancillarse con el odio y la violencia que éstos provocan, el perdón es fruto de un proceso que no manifiesta una renuncia a la reparación del daño cometido ni una coartada para la impunidad, ni una forma de exoneración de la responsabilidad civil de los victimarios, a quienes tampoco exime de culpa el mero hecho de pedirlo. El perdón, tras un proceso de desgarramiento interior y de dolor insoportable, surge de las víctimas como acto sanador nacido de un deseo íntimo y balsámico de cauterizar la herida espiritual y al mismo tiempo de impedir la identificación moral con los victimarios.
Si bien el dolor no concede a las víctimas legitimidad para ejercer la justicia, la consumación verbal del perdón les otorga autoridad moral para actuar junto al poder político en favor de la conciliación social. De modo que el perdón, acción moral particular que deviene colectiva tras su expresión verbal, constituye una fuerza ética que deja a los victimarios ante la disyuntiva moral de asumir o no su culpa y, al mismo tiempo, librados a la acción de la justicia impartida por el poder político del Estado de derecho.
Excelente artículo sobre el perdón y una invitación a la reflexión sobre el tema: se perdona el pecado- delito, o se perdona al que lo cometió ?