“Hombres necios que acusáis”, de Sor Juana Inés de la Cruz i,

Por Eugenia Cabral

La otra voz

El subtítulo que elegí para esta exposición sobre el poema “Hombres necios que acusáis”, de Sor Juana Inés de la Cruz, es “La otra voz”, puesto que a la voz poética de Sor Juana le dedicaré este hablar. Es la voz de un poeta lo que se graba en nuestros oídos, su cadencia, sus matices. Unas voces son épicas; otras, intimistas; unas aúllan, otras, musitan; algunas pontifican, otras, mascullan. A través del bosque de sonidos que despliega, recorremos la senda de su pensamiento, su sentir. Por esa misma razón, comenzaré leyendo en voz alta las redondillas de “Hombres necios que acusáis” con las pausas y entonaciones que considero apropiadas y, así, incorporar en mi propio acento algún eco de Sor Juana.

Hombres necios que acusáis

a la mujer, sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?


Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.


Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis

para pretendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y siente que no esté claro?


Con el favor y el desdén

tenéis condición igual,

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien.


Opinión, ninguna gana,

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite es liviana.


Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es fácil enfada?


Mas, entre el enfado y la pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena.


Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.


¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?


¿O cuál es de más culpar,

aunque cualquiera mal haga;

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?


¿Pues, para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.


Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.


Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

Ahora pregunto: ¿hay algo de sorprendente en esta composición poética, o su prestigio deviene simplemente del canon académico y editorial que la respalda? A mí sí me sorprenden dos cosas: la altísima solvencia de su oficio de escritora y la claridad de su planteo moral.

Un oficio profesional y formal que, al mismo tiempo, hace gala de gracia y de sentimientos. Un planteo moral que supera los lindes de su fe y nos comprende a muchas que no la compartimos. En este poema puede percibírsela a sor Juana Inés de la Cruz como una voz otra y como la propia voz, en distintos momentos del texto.

Las formas de la voz

Comencemos por decir que el poema está compuesto por redondillas, la estrofa más utilizada en la poesía española hasta aquel tiempo. Es una estrofa formada por cuatro versos de arte menor, octosílabos e incluso de menos sílabas. Vale decir, formalmente es arte popular.

Estrofas de ocho sílabas y los versos de cada redondilla son cuatro. Numéricamente hay un paralelismo, una isotopía que, considerando la conciencia de estilo que demuestra Sor Juana, no sería –al igual que el resto de la batería de recursos poéticos que vamos a encontrar- ningún hecho casual.

Sus versos riman en consonante, el primero con el cuarto y el segundo con el tercero. La secuencia es ABBA, que conforma una rima denominada abrazada. Esa rima dibuja una especie de círculo, pues termina como empieza. Segunda isotopía que encontramos. Recordemos que isotopía significa paralelismo, similitud, parecido, entre un elemento y otro.

Otra isotopía son los encabalgamientos semánticos, entre un verso y el siguiente. Tomemos sólo la primera redondilla:

Hombres necios que acusáis

a la mujer, sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis;”…

En el primer verso, el verbo acusar se encabalga al objeto indirecto (a la mujer) que está en el segundo; en el tercer verso, el sustantivo ocasión se encabalga sobre el modificador (de lo mismo), que va en el cuarto. Y ese tipo de estructura en la sintaxis con que ha construido los versos se repite más de diez veces.

Otra constante de su sintaxis poética lo constituye el uso de hipérbaton, figura que altera el orden lógico de la oración. Sor Juana, como representante del barroco en América, usa de esta figura retórica que confiere elegancia y resonancias de nobleza, pero al mismo tiempo facilita la producción de las rimas. Vaya un ejemplo: en lugar de El denuedo de vuestro parecer loco quiere parecer, Parecer quiere el denuedo/ de vuestro parecer loco”…, que le permite distanciar las dos reiteraciones verbales del verbo parecer. Además, extiende el significado que posee el verbo, dándole la primera vez el sentido de semejanza y, la segunda, el de opinión, dictamen, criterio, consideración.

Siguiendo con la imagen de circularidad que ya vimos en el tipo de versificación, la isotopía más valiosa, a mi juicio, con respecto a la voz, a la forma sonora de esta composición poética, es el uso de sinalefas, o encadenamientos vocálicos entre palabras. Es una filigrana de sonido que entrelaza el hilo interior de los versos.

La segunda estrofa es un primor de orfebrería en cuanto al uso de sinalefas para musicalizar el sentido. Dice:

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

La sonoridad sibilante de esos si, is, ais nos está susurrando la calificación de insensatez de la postura masculina, como continuación de la brusca interpelación directa que hace de obertura al poema. Sor Juana pareciera bajar y ralentizar el tono de voz para explicitarles a los varones la dimensión de su incoherencia.

Desde el punto de vista técnico, el más interesante de esos tejidos primorosos lo hallo en esta estrofa:

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata ofende

y la que es cil enfada?

En la última palabra de cada uno de los tres primeros versos el sonido em, en, en hace vibrar la voz cual si fuera una cuerda de un instrumento musical. Esa tensión musical realza la tensión interrogativa del sentido de la pregunta. En el primer y segundo verso, la t percuciente que los precede enclava la reclamación, como si sonara a patear de bronca contra el suelo (lo digo por el sonido tem y ten) mientras se les reprocha tomando en cuenta la muy probable inutilidad del reproche. El tercer verso contiene el sonido fen, que es una mezcla sonora más suave y da paso al cuarto verso, donde el fonema fa duplicado refuerza el matiz irónico: fácil-enfada. La gradación en la redondilla es de fuerte a suave, de vibrante a casi sibilante, pero en tensión, por eso el sonido que oscila entre percusión y cuerdas, o que las combina, tem, ten, fen, se deslíe en el curso final de la redondilla: en/ fa/ da.

Lo que atrapa es el sonido del poema. Una vez en la red, el lector prestará atención a lo que Sor Juana tiene para decir. Es como un espíritu de oratoria cívica lo que impulsa el hablar de Sor Juana. No busca que la escuchen a ella porque escribe bien. Escribe bien para poder transmitir con mayor eficacia sus opiniones. Pero al mismo tiempo sabe que –en el contexto dentro del cual vive y escribe- solamente si escribe muy bien va a ser escuchada. Y escribe muy bien porque ama la poesía y no se dedicaría a ella si no fuera capaz de hacerlo muy bien. De demostrarle el amor que le tiene al arte de la poesía.

entendimiento de amor”

Pero, ¿quién era Sor Juana para permitirse alzar su voz, en el concierto del barroco elaborado en la América española, durante la segunda mitad del siglo xvii? La poeta era conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, nacida Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, en el virreinato de la Nueva España, actual México, en 1648.

Con el propósito de poder estudiar sin ser incomodada por los requiebros de ningún amante ni las obligaciones de la unión conyugal, había ingresado en un convento de la orden de San Jerónimo. Es decir, había renunciado a conciencia a las ataduras cívicas de la mujer propias de aquel lugar y aquella época. Sor Juana quería introducirse en las aguas del saber, una corriente fluvial donde (parafraseando a Jung) por ese entonces los varones nadaban y las mujeres se ahogaban. O las ahogaban. Era un terreno más vedado para ellas que el propio poder político y la guerra. Saber era casi lo mismo que pecar. Pues bien, Juana Inés se decidió a vencer ese obstáculo, aunque implicara someterse a toda clase de exámenes académicos y limitaciones conventuales. Y lo logró. El saber o, en términos propios del cientificismo, el conocimiento, era su objetivo.

En “Hombres necios” … el conocimiento que Sor Juana transparenta es doble: el poético, literario, y el que Dante Alighieri -en Vida nueva- señala como perteneciente “no a cualquier mujer, mas solamente a las que son gentiles y no son sólo hembras.” A las mujeres que son así, Dante les dedica una canción y las convoca diciendo “Damas que tenéis entendimiento de amor”, constituyendo el epíteto que les corresponde. Precisamente, Sor Juana no sólo expresa sus sentimientos, también reflexiona, entiende sobre ellos y sobre la ética que los guía. El poema que analizamos es, decididamente, un texto sobre la ética y la moral.

Se abre con un vocativo genérico y universal, “Hombres necios”, que conforma un epíteto para encabezar la redondilla, cuyo total desarrollo es un vocativo más los modificadores, que van ampliando y precisando los alcances de esa necedad señalada. Pero es un vocativo que no se orienta simplemente a llamar la atención del lector, ni a rogar inspiración, ni a expresar nostalgia o enamoramiento. El concepto moral del cual nos hablará en lo sucesivo está nombrado desde el propio inicio, con el nombre del sujeto social y lingüístico a quien va dirigido el texto.

Necedad es sinónimo de estupidez, falta de un bien altamente valorado por Sor Juana: la inteligencia. La necedad es torpeza, falta de lógica, vale decir, carencia de cualidades tradicionalmente adjudicadas al varón y señaladas como faltantes en la mujer. Recordemos, incluso, las hirientes palabras de Hamlet hacia la inocente Ofelia, en que prácticamente la trata de necia o estólida por el uso de afeites, de maquillaje, para complacer la vista de los pretendientes… que en realidad es sólo él. Ofelia tiene ojos únicamente para el príncipe Hamlet, pero es referida como una vulgar coqueta.

Sor Juana se dirige a los varones nombrándolos a ellos como los necios; ellos, los insensatos, los estólidos. Es un concepto y una imagen modélica del intelecto deseable en el marco de una etapa cultural concreta. En su apelación a la razonabilidad, Sor Juana se inscribe en las ideas humanistas de lleno pues hacía un siglo y medio ya que Erasmo había publicado su Elogio de la locura, cuyo irónico título sintetizaba el anatema que aquel pensador lanzaba sobre una sociedad que sustentaba el oscurantismo, la desigualdad, la violencia. Locura, en la obra de Erasmo, es sinónimo de necedad, de insensatez, y algunas veces ha sido traducido con ese significado.

A diferencia de Erasmo, que profiere su reto irónico al conjunto de la sociedad, Sor Juana delimita a cuál falta de razón exactamente se refiere y es a la que sustenta la incongruencia –y la injusticia- de culpar a otro por aquello a lo que uno mismo lo ha inclinado a cometer. O asustarse del fantasma que uno mismo ha invocado. En este caso, los incongruentes y escandalizados son los “Hombres necios”… con respecto a las mujeres que ellos mismos pretenden para amantes y amadas.

Sor Juana Inés de la Cruz habla desde la razón, la sensatez, la lógica, o sea, es una dama que, como decía Dante, tiene “entendimiento de amor”. Si bien Dante habla en la Edad Media, la herencia poética del amor cortés no se diluyó automáticamente con el arribo a costas centroamericanas del almirante Colón. Las vestiduras se trasladan en sus carabelas y se siguen usando aquí en América y, de tanto en tanto, también en Europa. No obstante, por la vereda opuesta de las damas que tienen “entendimiento de amor” transitan los “hombres necios”.

La poeta utiliza la denominación hombres, en lugar de varones, que es el término estricto, literal, para denominar al sexo masculino. De tal uso podríamos sospechar que, o bien está evitando un término que por entonces tuviera un dejo vulgar, o bien que está soslayando la resonancia épica del sustantivo varón en su referencia a los guerreros y nobles, o bien está influida por la semántica del Humanismo, que equiparaba sin más al sustantivo que designa al conjunto de la especie con el sexo varonil. Una herencia lingüística que todavía soportamos.

después de hacerlas malas”

Pero volvamos a la clara delimitación que sostiene Sor Juana, con la presunción de que no necesariamente todos los varones actuarían así. Al enfocar la figura con tamaña precisión, la poeta deja un espacio (en contrafigura, en negativo) para los varones que quizás no se comportasen con necedad. Una posibilidad remota, por lo visto, puesto que de lo contrario no habría tanta urgencia, tanta primacía en apostrofar a esa clase de comportamiento. Y lo que Sor Juana hace es apostrofar, por medio de figuras sintácticas y retóricas que le habilitan, además, sugerir una escena más completa, un contexto implícito en su decir.

El Apóstrofe es una figura retórica que consiste en interrumpir brevemente el discurso para invocar con vehemencia a seres reales o imaginarios. Generalmente suele emplear un tono patético. El efecto general de este poema es el de un solo apóstrofe enunciado, más allá de las diversas alternativas retóricas que se emplean.

La lectura de las redondillas deja la sensación de que Sor Juana, harta ya de intentar explicar con paciencia y buenos modales los desatinos de ciertas conductas masculinas, interrumpiese su tarea, dejando la pluma en el tintero y los papeles sobre su escritorio, corriera su silla y se pusiera de pie, irrumpiendo con el epíteto “Hombres necios”. Hay un ¡Basta!, de trasfondo, que en silencio recorre los versos, sin pronunciarse, pero al mismo tiempo presente. Basta de necedad. ¿Quién lo implora? La propia Sor Juana, o la voz que ella encarna representando a la mujer de su lugar y su tiempo. Una voz que emplea el tono y las figuras patéticas como la deprecación, donde alguien suplica por algo, para conseguir algún fin:

Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar.”

Más que suplicar, apostrofa e interroga. Hay seis interrogaciones en el poema que, presumiblemente, son retóricas. Carecen de respuesta o la respuesta está contenida en la pregunta, dado que el tono patético se acerca al uso de la figura del imposible; en este caso, porque para sor Juana nada puede esperarse de la necedad de los hombres. Su necedad les hace cometer torpezas irreversibles. Y la peor de ellas es, queriendo que obren bien, incitarlas al mal, juicio que se refrenda al decir que después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas. Es la imagen de la estupidez capaz de inducir a la maldad. No puede haber peor camino que ése. Una mujer mala, en la época en que este poema se escribe, llevaba un estigma imborrable que, incluso, podía conducirla a la cárcel o a la muerte. La mantilla que cubría la cabeza de las damas coloniales estaba cosida con la sombra de la Inquisición española.

Por lo tanto, si bien Sor Juana interroga, implora, apostrofa, esgrimiendo el patetismo de esas acciones, ante tamaña incongruencia no le queda más que volverse irónica. La ironía, administrada con diversas figuras retóricas, es el tono relevante que alcanza el discurso poético de estas redondillas. Pero no lo aplica únicamente en el campo retórico de figura con la cual se da a entender lo contrario de lo dicho. La ironía impregna el texto; es la textura general de burla, denuncia, censura, crítica, que descuenta la opinión favorable de las víctimas de la necedad masculina. Sor Juana habla sabiendo que su voz hallará múltiples ecos femeninos, ya sea de viva voz o sotto voce, según la mayor o menor libertad de la cual goce la oyente. Trabaja con la segunda acepción de ironía, que es la de situación o hecho que resulta ser totalmente contrario a lo que se esperaba o que marca un fuerte contraste con ello.

¿Totalmente contrario? Sí. Que los varones representen el papel de los necios, en vez de ostentar el símbolo de inteligencia y razonabilidad, es lo contrario de lo que se esperaría de ellos. Y contrario a lo que se esperaría de una monja poeta es que desee encarnar la voz de lógica y la sensatez con respecto a las relaciones amorosas entre varones y mujeres. Por eso mismo, Sor Juana va a implementar los recursos literarios más adecuados que le permitan demostrar palmariamente la necedad masculina. Aunque el tono a lo largo del poema vaya de suplicante, casi tenue por momentos, hasta la execración, como si fuera oscilando entre la elegancia y la rudeza, coloca el epíteto acusatorio en la cabecera del poema cual emperatriz que posara su planta sobre un león.

“…si hubieras defendido tu virtud”

La demostración lógica de la necedad masculina a la que se dedica meticulosamente sor Juana también resalta moralmente a la luz de una de las narraciones de El Quijote de la Mancha. La protagoniza Sancho Panza, mientras ejerce la gobernación de la ínsula de Barataria. Se trata del caso en que debe juzgar el delito denunciado por una mujer, quien dice haber sido abusada sexualmente por un hombre que, luego, la recompensa en dinero por el atropello. Sancho da la razón a la mujer, la deja irse y, en ese momento, astutamente le indica al hombre que intente quitarle la bolsita con monedas que lleva en su mano. Ella se defiende tan bravamente que el varón no logra quitarle el dinero. La misógina conclusión que Sancho, en función de juez, expresa a la mujer es taxativa: “si hubieras defendido tu virtud con la misma fuerza con que defendiste tu bolsa, nada hubiera pasado.” En otros términos, para Sancho no hay pecado ni delito y ni siquiera algún exceso en el varón que fuerza a una mujer, si luego ella acepta un dinero en recompensa. Nada más alejado de la visión de sor Juana. Su pregunta es directa:

¿O cuál es de más culpar,

aunque cualquiera mal haga;

la que peca por la paga


o el que paga por pecar?

No se pedirá a una monja del siglo xvii, habitante de las colonias americanas, que condescienda ni una pizca con cualquier forma de prostitución, aun si la causa de ejercerla fuese la necesidad primaria de comer. Esa especulación histórica sería inaceptable. Su fe y sus ideales cívicos la enemistan con cualquier tolerancia a la prostitución. Lo importante es que sor Juana, la que renunció a las ofertas de la vida mundana, reconoce la diferencia de estatuto entre la que peca por la paga… o el que paga por pecar. El retruécano lo usa para subrayar que en la primera hay una necesidad de supervivencia y, en el segundo, solamente su deseo y el valerse de la necesidad de dinero por parte de la mujer pobre para inducirla al pecado.

Esta noción de la inducción del poderoso en dinero hacia la necesitada revela una postura de razonabilidad jurídica que supera las barreras de los meros hechos. Para Sancho, la denuncia de la mujer se invalida porque logró recuperar su bolsa tras mucho forcejear. Para sor Juana el desorden, la necedad, la insensatez, consiste en que el varón busque a la mujer que le venda placer y luego le enrostre su pecado.

La incoherencia solamente puede ser retratada con figuras de pensamiento que subrayen esa contradicción, haciéndola visible hasta el punto de evidencia. La voz de sor Juana se torna severa al recomendar a los varones cuál debiera ser la actitud correcta:

¿Pues, para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

La severa reconvención, sin embargo, va dicha con el arte de la poesía. La paradoja, expresada con nitidez, se refrenda con una aliteración entre los vocablos culpa y cual, reiterado dos veces. La secuencia u-a y el sonido de la l familiariza semánticamente al concepto de culpa con la solución que sor Juana les propone a los “Hombres necios”.

La demostración de los conceptos sigue el camino de la lógica verbal, pero el verbo se practica con los procedimientos de la poesía. La voz de sor Juana es una voz poética, que se impone por la belleza. Y gana como lo recomendaba Roberto Arlt: “por prepotencia de trabajo”.

Ahora y siempre

El cierre del poema es una gradación enumerativa, figura propia de la poesía en aquel Siglo de Oro español.

Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.

Diablo. Carne. Mundo. Tres sustantivos que podrían asimilarse al pecado. Ese sería el hilo conductor. Pero diablo es una noción religiosa exclusivamente, es la idea de la personificación del mal en algunos credos religiosos, sobre todo el cristiano. Carne es sinónimo de debilidad en un panorama más general. La carne es pasible de sufrimiento y dolor, es limitada e involuntaria, porque mientras existe está sujeta a la necesidad y porque la circunscriben el nacimiento y la muerte. Mundo es una noción religiosa, además de poseer una acepción geográfica. El mundo es lo opuesto a la interioridad, de la santidad. También es lo cívico, o lo civil. Y para el católico, es el escenario donde el diablo tienta con los pecados de la carne.

Volviendo a la escenificación de una Sor Juana que interrumpiese sus estudios para responderles bruscamente a unos varones que la tienen ya cansada de oír sus necedades, la imagen final es la de un cierre con la aseveración de su juicio sobre

el tema:

Bien con muchas armas fundo,

que lidia vuestra arrogancia,” …

En ese punto señala el quid de la cuestión. La arrogancia masculina es la única explicación creíble de sus comportamientos. Y dicha arrogancia los lleva a instar a las mujeres a comportarse de maneras que luego ellos mismos les enrostrarán. Y para asegurarse el cumplimiento de sus deseos y proposiciones manipulan las promesas. Pero todo ello para sor Juana está no sólo divorciado de la fe, sino de la lógica, de la sensatez.

Casi podríamos decir que el motivo puntual, el tema propiamente dicho es la necedad masculina en estos asuntos, pero en un plano más general, el tema es la arrogancia, sinónimo de orgullo, de envanecimiento. Con ello, la voz poética de sor Juana se inserta en la tradición bíblica del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

Esta mujer que terminó sus días rogando ser perdonada por sus pecados, sin aferrarse a la fama literaria ganada en las colonias americanas y especialmente en la propia España, que le valió el epíteto de Décima Musa y hasta de Fénix americano; esta mujer que conoció el amor, pero al mismo tiempo supo respetar la prohibición que pesaba sobre esa clase de amor, no podía callar su opinión frente a esa clase de necedad masculina, por ser humana y por su propia fe.

8 de junio de 2017

Bibliografía:

Paz, Octavio. Las trampas de la fe. Fondo de Cultura Económica. México, 1993.

Alighieri, Dante. ¡” ¡Damas que tenéis entendimiento de amor”, en Vida nueva! Traducción de Eduardo Sanguinetti.

. http://digilander.libero.it/letteratura_dante/translate_spanish/alighieri_dante_vita_nuova.html


i Texto de la conferencia del ciclo 10×10, patrocinado por el Área de Literatura y Pensamiento de la Agencia Córdoba Cultura, en 2017, en la Biblioteca Pedagógica Isidro Cordero de Río Cuarto.

https://youtu.be/NlaokaJ8lRg?si=H2foLnz02cqnjmr_

Compartir

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio