Columna
De orilla a orilla
Por Jorge Rodríguez Hidalgo
LAS HINCHADAS Y LA SUPERIORIDAD MORAL
Es propio de personas poco o mal instruidas, o simplemente intransigentes, no aceptar la dialéctica como medio para llegar, si no a un acuerdo, sí a cotejar las ideas propias con las ajenas. Decimos, o mejor, pontificamos, sin esperar a que, quizá, la opinión del prójimo contenga alguna veracidad, o incluso que la nuestra carezca de ella. No, a nadie dejamos refutar los dogmas propios, pero nosotros sí nos arrogamos la autoridad para sopesar los de los otros.
Los temas aparentemente más triviales suelen ser los que mejor explican el funcionamiento de nuestro pensamiento, esto es, de nuestra singularidad. Acaso sea el fútbol la mayor expresión de cómo la irracionalidad toma el gobernalle de nuestra personalidad hasta dejarnos guiar por ella incluso al precipicio de la cordura, más aún, de la supervivencia intelectual, y alejarnos de las cualidades que deberían diferenciarnos de los animales, estos sí, irracionales constitutivamente.
No ha mucho, un amigo escritor y seguidor del equipo de fútbol del F.C. Barcelona (principal rival en España del Real Madrid, mi preferido), tras felicitarle por la consecución del último campeonato de la liga española, me contestó que habría de escribir el decálogo del “buen merengue”, porque, en su opinión, los aficionados del club madrileño -salvo, claro está, algunas excepciones, entre las que me cuenta mi buen amigo- no son el mejor ejemplo de comportamiento cívico. En España, la rivalidad entre estos dos clubes es histórica y se halla mezclada, desde sus fundaciones respectivas, con la política. Madrid y Barcelona han representado dos visiones opuestas de entender el Estado, la convivencia y las formas de gobierno. Resumiendo, los primeros son partidarios de la tradición borbónica y los segundos de la austriacista; más aún, los capitalinos consideran que España es una nación indivisible y los catalanes consideran que son una nación independiente de la española. La utilización del llamado “deporte rey” por la dictadura franquista (1939-1975), cuyo club privilegiado fue el Real Madrid, C.F. (árbitros afectos a la “causa” blanca; jugadores “robados” al equipo rival, como el bonaerense Alfredo Di Stéfano -1926/2014-), llevó la rivalidad al ámbito del odio, hasta tal punto que los vivas a los clubes encubrían los destinados a las naciones en litigioi. Asimismo, los fanáticos respectivos prefieren la derrota ajena a la victoria propia, aunque esto también sucede en todas las latitudes del mundo futbolístico.
Como sea, lo que mi amigo venía a decirme es que hay una superioridad moral en su hinchada que le legitima para decidir quién es merecedor de respeto y quién no. Claro, la amistad, aquí, es la careta que permite al hipócrita (“hipocrités”, en griego; esto es, actor) salvar la buena relación (en nuestro caso, inmejorable) con quien defiende posiciones en otros casos irreconciliables, por antagónicas. De fútbol todo el mundo opina (como de asuntos venéreos y de política), o más bien dictamina con suficiencia. Como bien se ha demostrado con la creación de ciertas iglesias bajo la advocación de eximios futbolistas, creencia, fe e idolatría caracterizan con su irracionalidad, más que un deporte, una forma vicarial de vivir siguiendo el placebo de las pasiones mundanas. No de otro modo debe entenderse ese ejercicio de sinrazón consistente en la proyección sobre el juego y los jugadores del interior de millones de espectadores: alegría, tristeza y odio salen como disparados de las bocas de quienes vociferan tras la consecución de un gol, la comisión de una falta, la victoria en un campeonato, aunque sea el del propio barrio. Hace bien poco, un futbolista de la selección española, Álvaro Morata, falló un penalti en la final de la competición europea “UEFA Nations League”, y el combinado español perdió ante Portugal. Una de las consecuencias personales para el jugador fue recibir multitud de amenazas de muerte para él y su familia. A este propósito, cabe recordar lo que le sucedió al futbolista colombiano Andrés Escobar (1967-1994), asesinado tras marcarse un gol en propia puerta en un partido del mundial de Estados Unidos (1994).
Cuanto se ha dicho pone de manifiesto que el fútbol y sus hinchadas son la exacerbación de lo peor de los defectos de nuestras sociedades porque en vez de primar la belleza -que la tiene, y mucha, si se practica bien- de su juego, se utiliza como arma arrojadiza para cuestiones de índole muy distinta. Recordemos que los juegos olímpicos fueron creados para permitir a las naciones enfrentarse entre ellas de una manera incruenta y ciertamente lúdica. En este sentido, el fútbol es, hoy por hoy, un vestigio del hombre prehistórico: ruedan los balones como cabezas solo llenas de aire: ¡Goooooooooooooool!
i El grito de los aficionados del Barça es “¡Visca (viva) el Barça, visca Cataluña!” (N.del E.)