“Rizoma”, de Efi Cubero, como vientre de la tierra
Por Juan Ramón Mansilla
Termino de leer, intercalado con la lectura de otros libros, como se aviene a ese lector caótico y disperso que soy, Rizomai de Efi Cuberoii, y la rara sensación que me ha acompañado durante toda su lectura no se disipa. ¿Qué sensación? No sabría bien definirla. Resulta de una mezcolanza de atracción y aturdimiento, de sabores terrosos y aliento de vuelo, de cosquilleo en la piel y patada en el vientre. ¿Extrañeza?
Quizá. Sé que el libro derrocha belleza, sugestión y pensamiento, tres de las pilastras que sostienen la poesía verdadera, la que entiendas o no, aunque para qué entenderla, reconoces como poesía al primer fogonazo. Sé que la escritura, otra pilastra, que permea los poemas de este libro es precisa que, se aprecia al instante, la palabra se cuida al tiempo que se tensiona y retuerce para extraer hasta la última gota de su zumo y darle, junto al propio, otro, mayor campo semántico.
Esa estructura tectónica está aquí, en Rizoma, y sobre ella se remata un edificio de líneas claras, equilibrado, bien sostenido. Pero, esta vez, no me importa. Es otra cosa la que me ha dejado, como barro, pegado a sus poemas, algo matérico, mineral como agua saltando entre granitos y con aroma de musgo y hongos creciendo bajo el parasol de las encinas, esas que «reescriben en la desarbolada» (Perdrabñe, p. 263). Algo que me ha hecho verme desde la otredad de esos versos, pequeño, minúsculo, y que, como esa figura de Caspar David Friedrich que escudriña el horizonte ante la colosal naturaleza, siente «la soledad del viento en las preguntas» y su «propia soledad de acantilado» (Acantilado, p. 262).
No es mi intención dejar aquí un análisis del libro. Javier del Prado Biezma ya lo hace, certero, exhaustivo, en el prólogo. No podría, no es crítica sino reconocimiento de mi incapacidad, ir atravesando sus partes una a una sin perderme por el entrama, iba a decir enramado, que es Rizoma. Solo busco, y malamente, dejar sobre blanco esa extrañeza que no sé definir del todo, acaso porque, aunque tierra adentro, «navego con el lastre / de todo lo soñado» (Lastre, p. 62). O leído que, para quien cree en el vino y en Pessoa, tanto vale. ¿Se han quedado alguna vez imantados a la butaca de una sala de cine o de conciertos tras terminar la película o la música? ¿Han sentido, algo por dentro lo advertía, que podían perderse lo mejor si se levantaban? ¿Han tenido la tentación de buscar en el aire una última imagen, una nota postrera, esa que sabías solo a ti destinada? ¿Se han quedado al final con la cara pasmada pero satisfechos, a punto de decir como Efi Cubero dice en Él le dijo, «yo retuve en sus manos el tiempo de la lluvia»? (p. 358). ¿No se han quedado siquiera como «una interrogación que se abre al paisaje»? (Quemadura, p. 106).
Efi Cubero resume esa sensación en el poema Movimiento cuando, casi como el oráculo ancestral de la sibila, escribe que «El aéreo y terrestre solo necesita / lo propicio del suelo. Reavivar los fragmentos / de la fuerza que alerta a las espinas / (…) que fija su pureza / radical sobre el tiempo, / de una verdad sin nombre…» (p. 239). Aéreo y terrestre… ¿No es una declaración de intenciones? Raíz y pluma, rizoma y pájaro, y entre medias un finísimo hilo por el que se sube o desciende al albur de los vientos, gozoso de sentirse tan frágil. Para los mayas la ceiba es un árbol sagrado que pone en contacto los tres mundos. El subterráneo, donde nacen los cenotes, tan esenciales a la vida. El terreno, donde se afanan mujeres y hombres, y crece el maíz, tan necesario en sus vidas. El celeste, del que vienen, incluso «bajo la turbiedad de un cielo salitre» (Salitre, p. 151), dioses emplumados y polícromos, casi tan bellos como el quetzal.
En el mundo poético de Efi Cubero, prodigo en «capas y sedimentos, estratos y mantillos, / el interior fecunda otros espacios…» (Nadie, p. 150), y lo hace tanto, tan fértilmente, que de su Rizoma crece un árbol del que crece un bosque en el que anidan pájaros. Y cantan. Alójense en su sombra. Celebren, si les viene, la extrañeza. Tras la lectura de esta obra podrán decir, como su autora, «Ya empaparon mi cuerpo todas las estaciones» (Cerraduras, p. 265).
ii Entrevista a Efi Cubero en ECM 962 (primera parte) https://www.calameo.com/read/0064561068c394355c617
ECM 963 (segunda parte) https://www.calameo.com/read/006456106e26db87764de